Archive for the ‘relato’ Category

La noche
mayo 7, 2008

Era viernes. Oscar todavía no había regresado. Juana propuso un juego para los chicos. El perro ladró y se asustaron. Golpearon la puerta.Encendieron todas las luces de la casa. Abrieron la puerta. Era Oscar, pero sin cabeza. Todos gritaron de horror, cerraron la puerta y lloraron.

Oscar volvió sobre sus pasos, sintiendo otra vez la sensación de absurdo abandono.

El Gringo
febrero 1, 2008

1

Con el Cachilo y Fefé jugábamos al boxeo, y él nos llamó. Fue a mis once años. El Gringo nos llamó y nos preguntó por el par de guantes.
—Son míos —le dije—. Regalo de Navidad.
Los miró alucinado. Propuso un campeonato entre los tres, y que el ganador boxeara con él en la final. Sacó llaves del bolsillo y cerró las rejas del jardín.
Fue a la tardecita. Usábamos un guante en la mano diestra, la otra en la espalda. Peleé con Fefé. Nos amagamos un rato largo, sin tirarnos.
—A la primer piña fuerte —dijo el Gringo alzando un dedo— se acaba la pelea.
Fefé lo miró. Aprovechando la distracción le entré fuerte en la oreja. Se cubrió bien, sentí el revés en la jeta. Sangré.
—¡Afuera! —gritó el Gringo.
Le di el guante al Cachilo para pelear con Fefé. Se pegaron duro, muchas trompadas. Fefé fue al piso denunciando una piña en la nuca.
—Cuando le pegaron de revés a él —dijo el Gringo señalándome—, valió. Así que en la nuca también vale.
Nos sentamos para ver la final. El Cachilo creía reunir coraje dando saltitos como los boxeadores, amagando golpes ridículos. El Gringo lo punteaba de derecha sin moverse. Le daba soga, lo jugueteaba con una sonrisa de superioridad. Un pesado derechazo impactó la sien del Cachilo y lo tiró.
—Lo mata —susurró Fefé.
Nos levantamos. Descontrolado, el Gringo le entró a dar patadas y piñas en los riñones gritando cosas horribles, inentendibles. Con Fefé nos tiramos arriba, lo agarramos del cuello.
Vinieron unos vecinos, aunque no pudieron abrir. El Cachilo seguía perdiendo sangre. El padre del Agus saltó la reja, le gritó al Gringo que lo soltara y lo tumbó de un culatazo.
—¡Quedate quieto! ¡Policía!
Fue genial: la ambulancia demoraba, y el Cachilo tenía trapos hasta en las orejas, llenos de sangre. Lo cargaron en el Di Tella de Parlanti y lo llevaron al hospital.

2

Al tiempo, el Gringo volvió al barrio. Ya sabíamos lo del retardo mental y las pastillas. Un día apareció en la cancha de frontón y le pidió perdón al Cachilo. Lo abrazó y le quiso explicar lo de la paliza. A esa altura, el Gringo era muy popular en el barrio, les gustaba a las chicas y no se había mandado ninguna otra cagada violenta. Es más, impidió varias peleas: la vez que el morocho Juárez lo quiso tajear a Patato en la placita, los separó y casi se liga un chuzazo. Los vecinos lo respetaban y lo invitaban a las asambleas del barrio porque aportaba cosas inteligentes.
Nosotros mirábamos mucha tele, leer era estudiar. A veces nos contaba de libros y escritores, pero no le entendíamos. Bañándonos en el club, dijo la palabra “literatura” mientras mostraba los pendejos enredados alrededor de la chota:
—Lo más no es tener pendejos, sino leer a los locos franceses. ¡Qué hijos de puta! Rambó escribió lo mejor que se haya escrito en poesía. Era puto, dejó de escribir a los veinte años. Se hizo traficante de marfil en África. Murió a los cuarenta. Esa vida está buena, y no tener pendejos. Pendejos, cualquier boludo tiene.

En las vacaciones íbamos a tocar las bombachas del canasto de saldos que había en Baravalle. El Ale encontró la blanca con florcitas amarillas apretada en el fondo. Era igual a la bombacha de la Marisa. El Cachilo acariciaba la blanca con rayitas grises de la punta. No quiso decirnos a quién le vio ese diseño de bombacha —sabíamos que la Patri lo tenía loco.
Entonces entra la Gómez, la flaca Gómez, la hija del viejo verdulero que mató a la mujer. En su patio, la flaca tomaba sol en tetas. Una vez, en el acto del 25 de Mayo, el viento le levantó la pollera y alcanzamos a ver la cosa gordita. La tarde de Baravalle entró y se fue a ver las blusas. Nos hicimos los giles, la junábamos de reojo. Rogábamos una agachada. No pasaba nada, y la Gómez se iba a ir. El Ale fue rápido, nos salvó: con el paraguas robado de la marroquinería se acercó por atrás como un tigre y le levantó la pollera. Y vimos todo. Vimos esos dos cachetes carnosos masticando la bombacha blanca, perdiéndola allá adentro.
El Gringo nos miraba parado medio atrás nuestro con los brazos cruzados. No lo habíamos visto entrar.
—¡Qué le hacen a mi novia, pendejos!
Nos reímos. Él no cambió la cara de culo.
—No, no —gritó—, les hablo en serio. Fabiana es mi novia.
—¡Qué va a ser tu novia la Gómez! —le dijo el Cachilo.
—Pará, Gringo, estamos jodiendo.
—¡NO ME IMPORTA, NO SE HAGAN LOS CULIÁUS CON MI NOVIA!
—¡Andá! —le gritó el Ale—. Andá a cogértela, si es más puta que las gallinas.
El Gringo lo revolcó de una trompada, se trenzaron en el piso. Nos tiramos arriba para morderlo, ni así lo frenábamos. Nos sacaba a manotazos y con las piernas. La Gómez gritaba:
—¡Pará, Guillermo, pará!
Terminamos hechos bosta, moreteados. El Gringo sangraba en la frente, el Ale ligó la “paralítica”. El cana de Baravalle vino y nos sacó a patadas, y al Gringo se lo llevaron en el patrullero. Al otro día andaba por el barrio amenazándonos con un palo.

La tarde después del frontón lo vi asomado al tapial del patio, llamándome. Había armado una pista de torturas: curvas y cosas a los costados, chatarra del patio, pedazos de mangueras, lámparas y bancos de hierro forjado distribuidos inteligentemente. El plan era usar ese circuito infernal con las chicas. La Vale, la Moni y Gisela. Les preguntó por encima del tapial si se animaban a entrar a “El Recorrido del Amor”; y ellas, entre divertidas y calentonas, se dejaron: les atamos las manos a la espalda y les vendamos los ojos. Yo las guiaba, y el Gringo atendía los mecanismos: latigazos de ramas en los tobillos, agua helada lanzada desde el techo, choque de rodilla contra el banco de hierro, quemadura en pantorrilla con escape de moto encendida, humo del dispersor de apicultor lanzado en la boca, pinchazo de abeja, tocada de teta, hilito de pasto en fosa nasal —cosquilla atroz—, tocada de culo y gallo final en los ojos al quitarle la venda.
Cuando terminó la sesión, las chicas salieron corriendo.
Los padres cayeron a la casa y se cansaron de golpear. El Gringo agarró la escopeta del viejo por si entraban. Caminaba nervioso, se le notaba la verga dura en el pantalón de gimnasia.
A los dos o tres días lo visitó la policía, por otro tema. Los vi a través de la ventana hablando con los padres. Las chicas, excepto por las quemaduras, se divirtieron.
A la semana organizamos el cuarto oscuro y las invitamos. Nos tocó encerrarnos, y a ellas buscar. El Gringo se echó en la cama y la peló: esperaba que alguna gaviota ciega —mano de chica— se chocara ese enorme mástil. La Moni se la agarró como tratando de aferrase a una de las patas de la cucheta de arriba y la apretó, mal, con esas uñas largas. Yo sentí el grito del Gringo, y después cachetadas en la oscuridad.
—¡¿Qué pasa?! —gritó la Vale encendiendo la luz, descubriendo al Gringo agarrando los pelos de la Moni y llenándole la cara de dedos.

Un día, después de almorzar, pasé a buscar al Gringo para ir al colegio. Él iba al secundario cerca de mi escuela. Vimos revistas porno en el fondo de la pileta vacía. Le pregunté si a la pileta la iban a llenar, y no respondió. Estaba ido, los ojos en el piso. Le pregunté qué tenía. Me largó sus dos manazas en los hombros y caí al pasto. Lo vi sacar el pañuelo y hacer una mordaza, y con la soga de la pileta me ató al palo borracho. Miró la hora en mi reloj y se fue. Lo vi por el ventanal saludando a su mamá y saliendo por la puerta de calle. Grité varias veces. A los diez minutos, el sol era una chapa incandescente en la espalda. Mis gritos no podían llegar hasta la madre, que planchaba en el lavadero con la tele encendida. De a ratos caminaba hasta la puerta ventana y corría un poco las cortinas, por el sol. Entonces miró hacia mí, fue horrible: los ojos perdidos, ahuecados por el reflejo del vidrio, quizá. Parecía ciega. Cerró las cortinas y apagó las luces.

El Gringo me despertó a cachetazos. Serían las cinco de la tarde. Mientras desataba los nudos de la soga, dijo:
—Quedaste bien tostado, ¿eh, boludo?
Fue en sexto grado, la época en que los doctores del neuro se lo llevaron.

3

—Para mí el Gringo es lobizón —largo el Julio—. ¿No vieron que para Navidad llegaron los hermanos de Estados Unidos? Eran seis, boludo, o sea que el Gringo es el séptimo hijo varón. Eso explica también los regalos de Isabelita. ¿Se acuerdan que no le creíamos al Gringo?
Se refería a los regalos enviados por la mismísima Isabel Perón. Los anteojos con marco dorado, las camas cuchetas, el increíble auto fantástico a radio control. ¡Sin cable!
—Porque… ¿Viste, boludo? —siguió—. El Gringo está lo más bien y es lo más bueno que hay… pero se le zafa la chaveta y te recaga a palos. Se pone loco, le sale baba por la boca.
—Las noches de luna llena —dijo el Cachilo—. La noche que peleamos había luna llena.
—No pelearon, Cachilo. Te hizo recagar.
—Sí, y además no hace falta que se convierta en un lobo ni le salgan pelos. Eso es de las películas.
—Entonces no es un lobizón, boludo. El lobizón tiene que convertirse en lobo.
—Bueno, pero yo le vi la pinchila —dije—. Y tiene más pelos que mi viejo.
—Vos porque te la comés —dijo el Ale—. Pero, hablando en serio, a lo mejor el pibe se convierte. Y los ataques los hace porque en unas horas va a convertirse y ya le agarra la loca. Qué sabemos si a la noche no se pira para el campo y se convierte.
—Sí, boludo, puede ser. ¿No viste que desde que él está aparecen esas vacas mutiladas?
—… y esas vacas aparecieron antes en Estados Unidos, y el Gringo anduvo por allá cuando visitó a los hermanos.

A la semana, El Cachilo pasó con el rastrojero del padre a buscarnos atrás de la rambla. Apenas si sabía manejar. Eran las doce de la noche, y el Gringo iba a estar, como siempre, sentado en la vereda de la casa escuchando a Vangelis. El Ale había acompañado esa mañana a su vieja al hospital y robó el cloroformo. Dormimos al Gringo entre cuatro y lo metimos en la jaula del acoplado del rastrojero y lo tapamos con la lona. La jaula era del padre del Julio, para atrapar jabalíes.
Llegamos al campo.
Descargaron la jaula delante de los faros encendidos del rastrojero y levantaron la lona. El Gringo, desnudo, en posición fetal, hipaba. Dos o tres se acercaron con miedo a la jaula a preguntarle si estaba bien. El Gringo no respondió, permaneció enrollado en el piso como un canelón enfermo. El Cachilo lo picó en las costillas con un palo. Ni se mosqueó. El Ale y Fefé armaron la carpa, y el Cachilo trajo palos para el fuego. Concentrado en sus ojos amarillos, me senté cerca de la jaula, desde donde brotaba un ruidito extraño.
—¡Escuchen! —les grité—. Hay un ruido raro.
—¿Dónde?
—Acá, en la jaula.
Se acercaron.
—Es un chillido —dijo Fefé—, casi no se escucha. Parece que estuvieran fritando milanesas en una sartén muy chiquita.
Tratamos de descifrar el ruido. El Torito gritó:
—Che, este pibe está mal, hagamos algo.
—Qué va a estar mal —se enojó el Cachilo—. Seguro que le agarró uno de esos ataques…
—¡Y sí, imbécil! ¡Mirá si tiene que tomar alguna pastilla… y nosotros no lo dejamos ir!
Le preguntamos al Gringo si necesitaba alguna pastilla. El Cachilo nos hizo callar: el sonido se intensificaba.
—Escuchen —dijo—: es rítmico…
—¡Es música, pelotudos!
Era el walkman, debajo de las ropas hechas un bollo en un rincón de la jaula. El Cachilo las sacó con el palo, arrastró el walkman, se puso los auriculares y volvió al fuego bailando, sobrando la situación. El Gringo seguía tirado, mudo. Lo custodiamos un rato hasta verlo cerrar los ojos. Respiraba.
Nos metimos en la carpa a jugar a las cartas. Todos parecíamos más relajados, algunos comían unas tunas sacadas de la guantera. El Torito cantó el retruco demasiado fuerte y lo callamos, y en aquel momento se oyeron los gruñidos. Apretamos las cartas con miedo.
Salimos.
El Gringo se retorcía en la jaula gritando, en cuatro patas, desafiante. Fefé agarró la escopeta, nos acercamos. Alguien quiso hacer creer que le crecían el pelo y las uñas. El Cachilo volvió a picarlo con el palo y le gritaba:
—Caiate, bicho inmundo, que’se quieto ay.
El “bicho inmundo” se puso en cuclillas, se agarró fuerte de los barrotes y sacudió la jaula. Reculamos unos pasos sin dejar de mirar. La jaula amagó con desarmarse. El Gringo gritaba como loco.
—¡Que alguien lo haga callar!
El Cachilo lo picaba con el palo en la boca sacándole baba.
—¡Se convierte, se convierte!
Pero no se convirtió. Yo nunca más vi una sonrisa tan inmensa, franca y relajada como la de aquella noche en la cara del Gringo.
—¡Cómo pueden ser tan pendejos! —dijo, cagándosenos de risa—. Saquenmé…
Y se sentó a esperar.
Nadie le dio bola. Fefé le tiró la ropa, le pidió que se vistiera. El Gringo trató de convencernos. Intercalaba las súplicas con historias de encierro. Fuimos a escuchar. Dijo haber convencido a un guardia cárcel de que no torturase a un compañero. Le hizo ver que los seres humanos tenían un umbral de dolor, que pasado ese umbral era al pedo seguir torturando.
No fueron más de veinte minutos, las luces iluminaron la jaula: azul, rojo, azul, rojo.
—¡La camioneta de la cana! —gritaron Peluca y el Torito.
Dos policías y el padre del Julián venían corriendo.
—¡Ahí están! ¡Ahí están!

4

El Gringo terminó el secundario en la escuela técnica. Después rechazó la beca que le había conseguido uno de sus hermanos para estudiar en Estados Unidos. A los dos años lo citaron en Buenos Aires: la NASA quería desarrollar el proyecto energético de propulsión que el Gringo había presentado a concurso. Algo totalmente revolucionario, según el semanario local, que no siguió la noticia más allá de la primera semana. Y nunca supimos qué pasó con aquello.
A los tres años, más o menos, empecé a encontrarme con el Gringo. El padre le había regalado una cabaña hecha bosta en el monte, a unos dos kilómetros por el camino de tierra del barrio. La gente corrió un rumor de que el Gringo se juntaba ahí con los amigos a drogarse. Conocí la cabaña como su laboratorio científico y biblioteca. Comíamos los viernes los dos solos y hablábamos de cosas increíbles. Yo lo escuchaba y le hacía muchas preguntas. Un día me explicó su teoría sobre los fantasmas.
—La mayor parte de los casos son fraudes —dijo—, pero existen otros que interesaron durante siglos a la ciencia más conservadora.
Según él, las apariciones visuales y sonoras de los muertos se deben a una “grabación” natural. Por circunstancias físico-químicas poco comunes (yo no le entendía mucho las palabras, pero me gustaba escucharlo), los componentes de un entorno natural generan soportes electromagnéticos. Así, un evento —fragmento del tiempo, escena de nuestra vida— es grabado en ese soporte, ambiente, aire o como se llame. Luego, por otras —o quizá las mismas— circunstancias, tal evento es reproducido.
—Pensá en un cassette —hacía ver—, en el magnetismo de la cinta. El planeta posee magnetismo. Existe una aleación de níquel y titanio llamada Nitinol, tiene propiedades fabulosas: a temperatura ambiente es duro como el acero. Sumergido en agua se vuelve blando, al volverlo a poner en agua caliente salta con violencia y se vuelve duro con fuerzas de varias toneladas por centímetro cuadrado. O sea: con un mínimo de gradiente de temperatura, tiene grandes contracciones y dilataciones, y además no se deteriora con el tiempo.
—Un metal con memoria o algo así, ¿no? —dije, sorprendido de escucharme.
—Claro. ¿Por qué no van a combinarse distintos elementos del ambiente generando “cinta” capaz de grabar y reproducir? ¿Y qué si en realidad los eventos de la vida de cada uno de nosotros se graban constantemente y no pueden reproducirse sino por circunstancias anómalas desconocidas todavía?
Se puso de pie indicando que lo siguiera al sótano. Bajamos. Unos motores y cinco o seis computadoras se iluminaron. Había logrado “grabar” sombras chinescas con la linterna y me aseguró que era capaz de reproducirlas.
—Dejate de joder —le dije.
Pero ese día lo pasé ahí. Poco a poco, durante seis horas, las sombras se fueron reproduciendo en el espacio vacío entre los dos. Al principio no me sorprendió, después creí estar alucinando. Esas imágenes no se generaban desde un proyector. No había un lente por donde pasara luz. Ni cintas o diapositivas con las sombras. Nada. Sólo el ruido de las máquinas modificando la situación climática del sótano para favorecer las apariciones. Ni siquiera eran reproducidas en un soporte plano, sino en el aire. La temperatura estaba bajo cero, la transpiración nos chorreaba. Los pelos se erizaban.
El Gringo me agarró del brazo y juró matarme si llegaba a contarle a alguien. Lo dijo con ojos de loco.

5

Al fin había logrado seducir a Elisa. Ella, como todos los días, regaba las plantas con ese shorcito a cuadrillé rojo. Bajé de la moto, y cuando la saludé torpemente —un beso en la comisura de su boca— sentí el aliento a palitos de la selva y olorcito a recién bañada.
Al otro día ya nos apretábamos contra la pared del pasillo.
A veces me daba la espalda y frotaba el culito contra mi bragueta. La sombra proyectada por sus largas piernas ocupaba la totalidad del pasillo. La mía colgaba de la de ella como un deseo amorfo. Me acordé de las sombras del Gringo. Hacía mucho que no lo veía.
En los jueguitos del Tito Sánchez, el Gringo se puso loco apenas me vio. Con su mano apretando mi cuello me advirtió que la dejara en paz a la Elisa.
—Si no —dijo—, vos cobrás con la mafia del barrio.
El Alexis y el Pluma miraban de reojo desde el Gálaga.
—¿Que mafia, boludo? Somos amigos.
—La mafia del barrio, gil. Y no sos amigo nuestro, ¿tamo?
El empujón fue duro: pegué con la espalda en el Pac-Land.
Y los vi irse. Antes de cerrar la puerta, el Gringo miró arrepentido. Debe haberse acordado de que yo conocía su secreto.

Una tarde le ayudaba a Elisa a trasplantar los crisantemos. El Gringo apareció por la puerta del patio. Agrandado, haciendo chistes boludos, sacando pecho, fingiendo rapidez y seguridad. Le pellizcaba el culo a la Eli, y a cada rato arruinaba la conversación con alguna grosería. Preguntó dos o tres boludeces de aeromodelismo para mostrarse amistoso.
—No te hagás el culiáu —le dije—. No te hagás el buena onda, ahora.
—No, pero vos entendés todo mal. No me des bola cuando estoy con mis amigos. Son más pesados…
No le contesté, fui a preparar jugo. Volví quejoso por la mugre en los vasos. El Gringo se sentó al lado de la Elisa, le agarró las dos manos y le dijo:
—O nos besamos, o no te suelto.
Yo miraba con los tres vasos en la mano como un idiota, ansiando que ese momento se diluyera rápido. Le dije que no jodiera más. Volví a la cocina a dejar dos vasos. A los gritos pidió un cigarrillo. Como nadie tenía, le soltó a la Eli una de las manos, sacó la billetera y me mandó a comprar.
Fui porque hacía horas que no conseguía puchos, demoré: se le salió la cadena a la moto. Cuando volví, ella negociaba su libertad ofreciéndole un piquito. Él le dijo bueno. Y se lo dio, la hija de puta.
El Gringo se puso colorado —grandote hijo de mil putas—, pero no la soltó. Le dijo:
—O nos ponemos de novios, o no te suelto.
Le grité que la cortara.
—Vos andate —me dijo, con tranquilidad.
—Dejá a mi novia, Gringo. ¡Basta! En serio.
—¡Andate! —gritó clavándome los ojos de loco.
Entonces lo vi perfecto: fue ella quien le soltó las manos a él. Fue como si Elisa me hubiese revolcado largo rato en el piso y abierto las piernas en mi cara para mearme.
Descolgué la pala y le di al Gringo en el lomo. Se puso de pie como pudo, pero llegó a adquirir su enormidad. Y no tuve otra: le di en la cabeza y cayó.

6

Después de cuatro años fui hasta la cabaña del Gringo a devolverle unos libros que tenía desde el primario; y a ver qué había sido de él. Las últimas noticias lo describían como un marido golpeador. No los había vuelto a ver, ni a él ni a Elisa. Se habían mudado al norte de la ciudad y no salían. Alguien dijo una noche que el Gringo se pasaba el día en la cabaña.
En el camino los gorriones se refrescaban sumergiéndose en la tierra. Siesta agrietada, de cementerio. El lugar parecía abandonado. Me senté en el tronco caído. La puerta, abierta, era una boca amarga. Golpeé las manos. Nadie contestó. Entré. Los platos sucios y unos libros abiertos sobre la mesa parecían pequeñas personas muertas como si las hubieran masacrado. Caminando por el pasillo sentí la piel de gallina, entré al cuarto.
El Gringo lloraba tirado en la cama. Se dio vuelta despacio, como molido a palos, buscándome los ojos. Miró por encima de mis hombros.
—Me dejó —dijo—, está con otro tipo. Es por el tema de los hijos. Se buscó otro porque yo no puedo.
No supe qué decirle. Miré por la ventana. ¡Ay! El Gringo estaba ahorcado en el árbol del patio.

La muerta
diciembre 24, 2007

Frente a la funeraria, miro el cartel con el nombre de la muerta: Azul Dietrich. Entro. Chequeo el lugar sin atreverme a asomarme al féretro. Me quedo parado en un rincón, escuchando a unos gringos hablando de la lluvia que no llega al campo. Un tipo se acerca y me pregunta si fui amigo de Azul. Le digo que no. Es el padre, me informa. Azul fue una chica de pocos amigos, dice, por su problema. Alguien lo llama.Ahora, en la otra sala, quiero ser llevado por un vertiginoso impulso hacia el rostro del cadáver. De esta forma, el impacto será más fuerte, pero fugaz. El miedo me detiene antes de lanzarme como kamikaze. Es el primer muerto que veré en mi vida. Me acerco lentamente. Es ella. Larga, unos dos metros veinte. Más que una muerta, parece una comida rancia servida para un gigante demente que está a punto de llegar. Somos un montón de animales con la ofrenda en el altar, esperando al monstruo.La miro: tiene los pómulos reventados. Un tipo que gira un cigarrillo apagado entre los dedos me apoya la mano en el hombro. Cree consolarme. La puerta entreabierta enmarca al padre de Azul lloriqueando más allá, en el regazo de una mujer. Alguien se acerca a ellos y los besa. Los ventiladores despiertan y echan olor a muerto. Ya está, ya la vi.Salgo a la vereda y me siento en la entrada. Un vaho caliente surge de los zanjones del Centro Cívico y se mezcla con el olor a baño limpio de la mañana.

Hablaré de la muerta. La conocí una noche fría en que bailaba Norma Viola, le adjudiqué 16 o quizá 18 años. Atrás, lejos del escenario, delante de su padre, agarradita de la mano de su mamá, me miraba golosa. Fue un hallazgo. Sus piernas, su cadera y cintura, y por último las dos lomas que coronaban su pecho envuelto por ese inmenso abrigo de corderoy verde: dos módulos lunares flotando. Movió los labios mientras me miraba. Al rato me fui. Caminé entre el público tratando de encontrar a algún conocido. Cuando volví a mi lugar, Azul y sus padres ya no estaban. Miré un rato el show. El Intendente le entregaba una plaqueta de ciudadana ilustre a Norma Viola. Se rumoreaba que era su último show, que estaba enferma. Empecé a mirar a la gente aplaudiendo. Descubrí a Azul muy atrás, abajo del cartel de VeriHogar, sentándose en uno de esos bancos de cemento. Me tomé unos minutos para acercarme. Ella me hizo un lugar en el banco. Me llamo Azul, dijo. La boca se le derretía. Una gorda se sentó atrás y me quedé sin mi porción de banco. Ya no la veía. Esta chica padece alguna enfermedad mental leve, pensé: los ojos, la nariz y la boca en el centro de la cara regordeta no se ven saludables. Sin embargo, en mucho tiempo no había visto una cara así de bonita y provocadora.

Todos rezan el Rosario, me miran de reojo. Parecen conocerse a la perfección. Me siento un intruso. Aunque, si lo pienso bien, deben creer confirmar con mi presencia un noviazgo oculto de Azul. Me gustaría decirles que sí, pero no aguanto la decadencia de los velorios.Del otro lado de la puerta descubro al padre señalando con la mirada hacia donde estoy. La mujer que antes lo consolaba cogotea buscándome.Me siento cerca del féretro, donde no pueden verme, junto a unos chicos embarrados. Hablan de zapatillas. Alguien trae chocolates y reparte. Yo no quiero, me levanto y salgo. Enciendo un cigarrillo. La verdad es que acabo de angustiarme.Aquella noche que la conocí, de camino a casa cuando el Show había terminado, los vi pasar en la renoleta. Azul no me sacó los ojos de encima, con la nariz pegada a la ventanilla como en las películas.Los meses que siguieron fueron de una soledad olvidable. Nadie sabía de ella en el pueblo ni en los pueblos vecinos. La mina no salía porque en realidad era una nenita. No tenía catorce o quince, sino diez o nueve. Una enfermedad degenerativa, gigantismo o algo así, la mostraba púber. Descarté la idea por fantasiosa.

No me gusta escribir sobre mis obsesiones porque no son verosímiles, pero juro que estuve años pensando en ella. La amaba.Encontré a Azul después de muchos años. Fue en la parada del colectivo. Yo pasaba con las bolsitas de las compras. Ella me llamó. Vestía con ropa deportiva tratando de no acentuar una flacura al borde del raquitismo. Medía un metro noventa o algo así. Cuando la vi me sentí invadido por ese olor de cuando la amaba y buscaba. Mis sueños se destrozaban en ese cuerpo deforme, pálido, lleno de manchas.Le pregunté si me llamaba a mí y dijo que sí, y si la reconocía. Le dije que no, fue terrible. Me quedé parado, actuando mal, entornando las cejas, dejando las bolsas en el suelo, mostrándole interés por seguir la conversación. Pero le repetí que no, que no sabía quién era, que no me acordaba. Hablamos dos o tres boludeces, y tuve que hacerme a un lado para que el colectivo estacionase. Ella subió con dificultad. Te tenés que acordar, dijo desde la ventanilla. Le sonreí abriendo las manos. Fue la última vez que la vi.

Ahora cierran la tapa, y los llantos se mezclan con el sonido del destornillador eléctrico. Salgo a la vereda. Hay gente esperando la salida del féretro. Varios viejos fumando, hablando de la eliminación en el Mundial. Tiro el pucho. Sacan el cajón y lo meten en la parte trasera del coche. Los parientes acompañan el cortejo unos pocos metros y se vuelven. Ya está. Se encienden los faroles del bulevar.

Cuando el último auto desaparece, camino al bar más cercano. Acá no pasó nada, me digo.

Mañana de domingo
diciembre 24, 2007

Ahora me subo al auto y no te voy a ver más. Es así, pendeja, voy a volver a mi casa donde tengo que descalzarme para cruzar el living encerado hasta mi cuarto para acostarme; y no, como vos, sacarme esos horribles zapatos comprados por dos pesos en El Zapatillazo que te sacan llagas pero te hacen sentir segura en la noche del sábado. Porque si hasta en la oscuridad parece que fueran buenos zapatos y tu piel no tuviera impregnada como roña ese olor a carbón, a bracero encendido hasta las cuatro de la mañana, a humo de pobreza, a mañana de domingo en el barrio con calles de tierra y perros embichados cazando langostas. A lo mejor te quise, en algún momento de la noche, a lo mejor lo que me excitó fueron tus trece años, o por ahí tus ojos mirándome atrás de la barra pidiendo un trago, no sé, no sabría decirte por qué me acerqué a vos y te invité; si al cabo ahora ya el motor está encendido y vos entrás a tu casa chorreando leche y me saludas creyendo que mañana voy a venir a buscarte para tomar un helado y que te vean conmigo, no pendeja, mañana yo voy a estar lejos, porque mi vida es otra cosa, no son todas estas maderas apiladas y ese barro entrando a las casas por abajo de las puertas, mi vida son esos edificios allá, ¿los ves?, atrás de aquella niebla. ¿O cómo crees que se produce el progreso de la humanidad? ¿Crees que se produce por andar descalza todo el día y sin bañarse y casi sin comer; pedir ropa prestada para el sábado creyendo que un tipo rico como yo no se va a dar cuenta cuando estacione en estas callecitas casi sin lugar para un coche como el mío, porque esos fititos y cientoveitiochos armados y un poco tuneados pueden tranquilamente pasear por acá, pero hasta ellos deben estacionarse en las veredas de lo angostas que son estas callecitas. ¿Y qué es ese ruido? ¿Un mono? Porque debe de haber monos por acá, y a juzgar por tu cara, te debe haber amamantado una mona. Porque seguro que no tenés familia, seguro que estás sola en esa casita y te dormís en el piso entre unas frazadas al lado de brasero. Estoy seguro, pendejita, y te juro que si así fuera te pagaría un hotel. Pero ya cerraste la puerta, la cerraste y me la quedé mirando, mirando la puerta y pensando. “Lo qué es el mundo”. Yo mañana tomo un avión y no te veo nunca más. O te veo de acá a tres meses o años por la televisión pidiendo ropas y alimentos con el agua hasta la cintura. Seguro mañana te levantás a cualquier hora y te fritás un huevo de desayuno y almuerzo, y seguro repetís en la cena. ¡Qué barbaro! Y pensar que no sos tan fea, por algo finalmente terminamos juntos. ¡Qué loco! ¿¡Cómo no lo pensé?! Si ya debés ser madre, uno o dos chicos debes tener, y deben andar por ahí… seguramente de tu mamá, que debe vivir en alguno de esos cartones, porque a lo mejor vos llegaste a tener esta casita de ladrillos sin revocar porque el macho anterior te la dejó… a lo mejor el tipo consiguió un laburo mejor en la fundición y se fue del barrio, qué se yo, a lo mejor me equivoco, espero equivocarme, porque la verdad es que no sos tan fea, y sos dulce, pero yo soy de otro mundo, un mundo que nada tiene que ver con esta pobreza, con esos tipos que vienen para acá con barretas en las manos, mirándome. Qué sabén esos tipos del progreso de la humanidad, que sabrán ellos de todo lo que tuve que hacer para conseguir construir estos barrios, y esos planes que les permiten desayunarse un huevo frito y no un pedazo de rata o comadreja. No voy a decirle que dejen de golpear el auto, ni que dejen de intentar abrir la puerta. ¿Qué podría decirles? Si son como animalitos que atacan una presa fácil, una presa que les dará de comer por un tiempo, para dejarlos hambrientos al rayo del sol por otra larga temporada. Ay, nenita, ya me olvidé como te llamás, sino saldría a gritarte para que me ayudes, a lo mejor conocés a alguno de éstos y podés frenarlos. No podría bajarme del auto y escapar por las callecitas a buscarte, me encontraría con miles como vos, millones de monitas como vos dando de mamar a sus monitos o gimiendo atrás de cortinas mugrientas. Y no quiero, yo quiero recordarte con ese escote, con esas piernas mal abiertas, púberes, llamandome desde atrás de la barra.

Salvataje
diciembre 24, 2007

—Entonces se tira…
—Entonces el tipo se tira y nada hasta la hijita. Ella se cuelga de su cuello y se los lleva la corriente.
—¿Y entonces?
—…a un kilómetro los bomberos habían atravesado esa soga que ponen de orilla a orilla. El tipo logró agarrarla. Ahí fue cuando la nenita lo mató. El agua la reboleaba y se desesperó, apretó tanto el cuello de su papá que lo ahogó.
—¿Me estás hablando en serio?
—Parece que el tipo palmó cuando ya estaba cerca el bombero, que pudo agarrar del brazo a la nenita antes que a su papá se lo tragara el río.

El asado
diciembre 24, 2007

Comió como un cerdo, desgarrando la carne y los huesos, poseído. Mis hijos lo miraban fascinados. Cuando terminamos la cena encendió un cigarrillo y dijo que había vuelto a matar. Silvia soltó los cubiertos. Mi amigo repitió lo dicho ansiando descreerse:
—Volví a matar —dijo— hace un par de horas, en mi casa, a mi novia.
—¿Quién era tu novia, Leo? —dije como si importara ya a esa altura de las circunstancias, viéndolo cerrar las puertas con llave, escuchando a los patrulleros afuera.

Fuego
diciembre 24, 2007

Pasó con el bidón bajo el marco de la puerta desparramando la nafta, empujandome.

—¡Guille! —dije para llamar su atención. Terminó de vaciar los bidones sin hablarme. Yo no visitaba su laboratorio desde el año en que su compañero lo abandonó misteriosamente.

Lo vi llorar, las lágrimas (mezcladas con la transpiración) le mojaba la barba.

—¿Qué haces, Guille? ¿Qué te pasa?

—Nacieron ayer —dijo perturbado, moviendo los dedos de las manos con ansiedad—, nunca creí que fuera posible.

Señaló unos frascos grandes de mayonesa Hellman destapados, flechados con luz ultravioleta. Me acerqué. Adentro, unos pequeños señores gorditos, con bigotes y pelos en el pecho, arañaban el gel asqueroso en el que estaban sumergidos, queriendo escapar.

—Andate —dijo el Guille, lanzando el fósforo.

primer beso
diciembre 23, 2007

¿Te acordás Cachilo que íbamos seguido a espiar a la vieja? Ella se depilaba en la ventana de atrás, y nos escondíamos entre las cubiertas de tractores tiradas, me acuerdo. Tenía unas piernas perfectas y nunca nos descubría, o se hacía la boluda. Me habían contado, nunca supe si era cierto porque el Jenjo ya se había ido del barrio, que un día, él con los del otro barrio, le preguntaron si los dejaba tocarle la concha. La vieja lo agarró de la oreja y lo devolvió a su casa. Le hizo pasar un papelón con los padres que ya me imagino al Jenjo meándose delante de todos, porque así era él. Para mí que un día la vieja nos vio y anduvo toda la semana esperando, porque la tarde que fui solo ella salió por la puerta del patio antes de que yo me acomodara y me descubrió. Me la quedé mirando con los ojones sin saber qué hacer. Ella se acercó sin decirme nada, paso al lado mío rozándome con esa pollera celeste que se ponía siempre. Entonces me agarró la cara con las dos manos. Yo no daba más. Se acerco a mi boca y me dijo “tu primer beso”, y me lo dio.

Ñandú
diciembre 23, 2007

—Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga.
—Te crees que la ñandú es boluda, Pablo. Las ñandú son re-vivas.
—Vos andá.
—Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
—Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
Lo encontramos en el zoológico abandonado del tío del Lucas. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentándolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula atrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
—Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
—Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
—¿Van con monturas las ñandú?
—Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
—Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna, sangró. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
—Se me caga de risa, la hija de puta.
—Agarremoslá por atrás.
—Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
—Ta’sustada, boludo.
La acorralamos en punta de pies, agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho pego un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaba las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredábamos la soga y arrancábamos de nuevo. Una cuadra antes del centro frenamos, dejamos las bicis apoyadas en el cordón cuneta y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar el Lucas.
La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando. El Renault 12 venía al mango, era rojo.