El Gringo

1

Con el Cachilo y Fefé jugábamos al boxeo, y él nos llamó. Fue a mis once años. El Gringo nos llamó y nos preguntó por el par de guantes.
—Son míos —le dije—. Regalo de Navidad.
Los miró alucinado. Propuso un campeonato entre los tres, y que el ganador boxeara con él en la final. Sacó llaves del bolsillo y cerró las rejas del jardín.
Fue a la tardecita. Usábamos un guante en la mano diestra, la otra en la espalda. Peleé con Fefé. Nos amagamos un rato largo, sin tirarnos.
—A la primer piña fuerte —dijo el Gringo alzando un dedo— se acaba la pelea.
Fefé lo miró. Aprovechando la distracción le entré fuerte en la oreja. Se cubrió bien, sentí el revés en la jeta. Sangré.
—¡Afuera! —gritó el Gringo.
Le di el guante al Cachilo para pelear con Fefé. Se pegaron duro, muchas trompadas. Fefé fue al piso denunciando una piña en la nuca.
—Cuando le pegaron de revés a él —dijo el Gringo señalándome—, valió. Así que en la nuca también vale.
Nos sentamos para ver la final. El Cachilo creía reunir coraje dando saltitos como los boxeadores, amagando golpes ridículos. El Gringo lo punteaba de derecha sin moverse. Le daba soga, lo jugueteaba con una sonrisa de superioridad. Un pesado derechazo impactó la sien del Cachilo y lo tiró.
—Lo mata —susurró Fefé.
Nos levantamos. Descontrolado, el Gringo le entró a dar patadas y piñas en los riñones gritando cosas horribles, inentendibles. Con Fefé nos tiramos arriba, lo agarramos del cuello.
Vinieron unos vecinos, aunque no pudieron abrir. El Cachilo seguía perdiendo sangre. El padre del Agus saltó la reja, le gritó al Gringo que lo soltara y lo tumbó de un culatazo.
—¡Quedate quieto! ¡Policía!
Fue genial: la ambulancia demoraba, y el Cachilo tenía trapos hasta en las orejas, llenos de sangre. Lo cargaron en el Di Tella de Parlanti y lo llevaron al hospital.

2

Al tiempo, el Gringo volvió al barrio. Ya sabíamos lo del retardo mental y las pastillas. Un día apareció en la cancha de frontón y le pidió perdón al Cachilo. Lo abrazó y le quiso explicar lo de la paliza. A esa altura, el Gringo era muy popular en el barrio, les gustaba a las chicas y no se había mandado ninguna otra cagada violenta. Es más, impidió varias peleas: la vez que el morocho Juárez lo quiso tajear a Patato en la placita, los separó y casi se liga un chuzazo. Los vecinos lo respetaban y lo invitaban a las asambleas del barrio porque aportaba cosas inteligentes.
Nosotros mirábamos mucha tele, leer era estudiar. A veces nos contaba de libros y escritores, pero no le entendíamos. Bañándonos en el club, dijo la palabra “literatura” mientras mostraba los pendejos enredados alrededor de la chota:
—Lo más no es tener pendejos, sino leer a los locos franceses. ¡Qué hijos de puta! Rambó escribió lo mejor que se haya escrito en poesía. Era puto, dejó de escribir a los veinte años. Se hizo traficante de marfil en África. Murió a los cuarenta. Esa vida está buena, y no tener pendejos. Pendejos, cualquier boludo tiene.

En las vacaciones íbamos a tocar las bombachas del canasto de saldos que había en Baravalle. El Ale encontró la blanca con florcitas amarillas apretada en el fondo. Era igual a la bombacha de la Marisa. El Cachilo acariciaba la blanca con rayitas grises de la punta. No quiso decirnos a quién le vio ese diseño de bombacha —sabíamos que la Patri lo tenía loco.
Entonces entra la Gómez, la flaca Gómez, la hija del viejo verdulero que mató a la mujer. En su patio, la flaca tomaba sol en tetas. Una vez, en el acto del 25 de Mayo, el viento le levantó la pollera y alcanzamos a ver la cosa gordita. La tarde de Baravalle entró y se fue a ver las blusas. Nos hicimos los giles, la junábamos de reojo. Rogábamos una agachada. No pasaba nada, y la Gómez se iba a ir. El Ale fue rápido, nos salvó: con el paraguas robado de la marroquinería se acercó por atrás como un tigre y le levantó la pollera. Y vimos todo. Vimos esos dos cachetes carnosos masticando la bombacha blanca, perdiéndola allá adentro.
El Gringo nos miraba parado medio atrás nuestro con los brazos cruzados. No lo habíamos visto entrar.
—¡Qué le hacen a mi novia, pendejos!
Nos reímos. Él no cambió la cara de culo.
—No, no —gritó—, les hablo en serio. Fabiana es mi novia.
—¡Qué va a ser tu novia la Gómez! —le dijo el Cachilo.
—Pará, Gringo, estamos jodiendo.
—¡NO ME IMPORTA, NO SE HAGAN LOS CULIÁUS CON MI NOVIA!
—¡Andá! —le gritó el Ale—. Andá a cogértela, si es más puta que las gallinas.
El Gringo lo revolcó de una trompada, se trenzaron en el piso. Nos tiramos arriba para morderlo, ni así lo frenábamos. Nos sacaba a manotazos y con las piernas. La Gómez gritaba:
—¡Pará, Guillermo, pará!
Terminamos hechos bosta, moreteados. El Gringo sangraba en la frente, el Ale ligó la “paralítica”. El cana de Baravalle vino y nos sacó a patadas, y al Gringo se lo llevaron en el patrullero. Al otro día andaba por el barrio amenazándonos con un palo.

La tarde después del frontón lo vi asomado al tapial del patio, llamándome. Había armado una pista de torturas: curvas y cosas a los costados, chatarra del patio, pedazos de mangueras, lámparas y bancos de hierro forjado distribuidos inteligentemente. El plan era usar ese circuito infernal con las chicas. La Vale, la Moni y Gisela. Les preguntó por encima del tapial si se animaban a entrar a “El Recorrido del Amor”; y ellas, entre divertidas y calentonas, se dejaron: les atamos las manos a la espalda y les vendamos los ojos. Yo las guiaba, y el Gringo atendía los mecanismos: latigazos de ramas en los tobillos, agua helada lanzada desde el techo, choque de rodilla contra el banco de hierro, quemadura en pantorrilla con escape de moto encendida, humo del dispersor de apicultor lanzado en la boca, pinchazo de abeja, tocada de teta, hilito de pasto en fosa nasal —cosquilla atroz—, tocada de culo y gallo final en los ojos al quitarle la venda.
Cuando terminó la sesión, las chicas salieron corriendo.
Los padres cayeron a la casa y se cansaron de golpear. El Gringo agarró la escopeta del viejo por si entraban. Caminaba nervioso, se le notaba la verga dura en el pantalón de gimnasia.
A los dos o tres días lo visitó la policía, por otro tema. Los vi a través de la ventana hablando con los padres. Las chicas, excepto por las quemaduras, se divirtieron.
A la semana organizamos el cuarto oscuro y las invitamos. Nos tocó encerrarnos, y a ellas buscar. El Gringo se echó en la cama y la peló: esperaba que alguna gaviota ciega —mano de chica— se chocara ese enorme mástil. La Moni se la agarró como tratando de aferrase a una de las patas de la cucheta de arriba y la apretó, mal, con esas uñas largas. Yo sentí el grito del Gringo, y después cachetadas en la oscuridad.
—¡¿Qué pasa?! —gritó la Vale encendiendo la luz, descubriendo al Gringo agarrando los pelos de la Moni y llenándole la cara de dedos.

Un día, después de almorzar, pasé a buscar al Gringo para ir al colegio. Él iba al secundario cerca de mi escuela. Vimos revistas porno en el fondo de la pileta vacía. Le pregunté si a la pileta la iban a llenar, y no respondió. Estaba ido, los ojos en el piso. Le pregunté qué tenía. Me largó sus dos manazas en los hombros y caí al pasto. Lo vi sacar el pañuelo y hacer una mordaza, y con la soga de la pileta me ató al palo borracho. Miró la hora en mi reloj y se fue. Lo vi por el ventanal saludando a su mamá y saliendo por la puerta de calle. Grité varias veces. A los diez minutos, el sol era una chapa incandescente en la espalda. Mis gritos no podían llegar hasta la madre, que planchaba en el lavadero con la tele encendida. De a ratos caminaba hasta la puerta ventana y corría un poco las cortinas, por el sol. Entonces miró hacia mí, fue horrible: los ojos perdidos, ahuecados por el reflejo del vidrio, quizá. Parecía ciega. Cerró las cortinas y apagó las luces.

El Gringo me despertó a cachetazos. Serían las cinco de la tarde. Mientras desataba los nudos de la soga, dijo:
—Quedaste bien tostado, ¿eh, boludo?
Fue en sexto grado, la época en que los doctores del neuro se lo llevaron.

3

—Para mí el Gringo es lobizón —largo el Julio—. ¿No vieron que para Navidad llegaron los hermanos de Estados Unidos? Eran seis, boludo, o sea que el Gringo es el séptimo hijo varón. Eso explica también los regalos de Isabelita. ¿Se acuerdan que no le creíamos al Gringo?
Se refería a los regalos enviados por la mismísima Isabel Perón. Los anteojos con marco dorado, las camas cuchetas, el increíble auto fantástico a radio control. ¡Sin cable!
—Porque… ¿Viste, boludo? —siguió—. El Gringo está lo más bien y es lo más bueno que hay… pero se le zafa la chaveta y te recaga a palos. Se pone loco, le sale baba por la boca.
—Las noches de luna llena —dijo el Cachilo—. La noche que peleamos había luna llena.
—No pelearon, Cachilo. Te hizo recagar.
—Sí, y además no hace falta que se convierta en un lobo ni le salgan pelos. Eso es de las películas.
—Entonces no es un lobizón, boludo. El lobizón tiene que convertirse en lobo.
—Bueno, pero yo le vi la pinchila —dije—. Y tiene más pelos que mi viejo.
—Vos porque te la comés —dijo el Ale—. Pero, hablando en serio, a lo mejor el pibe se convierte. Y los ataques los hace porque en unas horas va a convertirse y ya le agarra la loca. Qué sabemos si a la noche no se pira para el campo y se convierte.
—Sí, boludo, puede ser. ¿No viste que desde que él está aparecen esas vacas mutiladas?
—… y esas vacas aparecieron antes en Estados Unidos, y el Gringo anduvo por allá cuando visitó a los hermanos.

A la semana, El Cachilo pasó con el rastrojero del padre a buscarnos atrás de la rambla. Apenas si sabía manejar. Eran las doce de la noche, y el Gringo iba a estar, como siempre, sentado en la vereda de la casa escuchando a Vangelis. El Ale había acompañado esa mañana a su vieja al hospital y robó el cloroformo. Dormimos al Gringo entre cuatro y lo metimos en la jaula del acoplado del rastrojero y lo tapamos con la lona. La jaula era del padre del Julio, para atrapar jabalíes.
Llegamos al campo.
Descargaron la jaula delante de los faros encendidos del rastrojero y levantaron la lona. El Gringo, desnudo, en posición fetal, hipaba. Dos o tres se acercaron con miedo a la jaula a preguntarle si estaba bien. El Gringo no respondió, permaneció enrollado en el piso como un canelón enfermo. El Cachilo lo picó en las costillas con un palo. Ni se mosqueó. El Ale y Fefé armaron la carpa, y el Cachilo trajo palos para el fuego. Concentrado en sus ojos amarillos, me senté cerca de la jaula, desde donde brotaba un ruidito extraño.
—¡Escuchen! —les grité—. Hay un ruido raro.
—¿Dónde?
—Acá, en la jaula.
Se acercaron.
—Es un chillido —dijo Fefé—, casi no se escucha. Parece que estuvieran fritando milanesas en una sartén muy chiquita.
Tratamos de descifrar el ruido. El Torito gritó:
—Che, este pibe está mal, hagamos algo.
—Qué va a estar mal —se enojó el Cachilo—. Seguro que le agarró uno de esos ataques…
—¡Y sí, imbécil! ¡Mirá si tiene que tomar alguna pastilla… y nosotros no lo dejamos ir!
Le preguntamos al Gringo si necesitaba alguna pastilla. El Cachilo nos hizo callar: el sonido se intensificaba.
—Escuchen —dijo—: es rítmico…
—¡Es música, pelotudos!
Era el walkman, debajo de las ropas hechas un bollo en un rincón de la jaula. El Cachilo las sacó con el palo, arrastró el walkman, se puso los auriculares y volvió al fuego bailando, sobrando la situación. El Gringo seguía tirado, mudo. Lo custodiamos un rato hasta verlo cerrar los ojos. Respiraba.
Nos metimos en la carpa a jugar a las cartas. Todos parecíamos más relajados, algunos comían unas tunas sacadas de la guantera. El Torito cantó el retruco demasiado fuerte y lo callamos, y en aquel momento se oyeron los gruñidos. Apretamos las cartas con miedo.
Salimos.
El Gringo se retorcía en la jaula gritando, en cuatro patas, desafiante. Fefé agarró la escopeta, nos acercamos. Alguien quiso hacer creer que le crecían el pelo y las uñas. El Cachilo volvió a picarlo con el palo y le gritaba:
—Caiate, bicho inmundo, que’se quieto ay.
El “bicho inmundo” se puso en cuclillas, se agarró fuerte de los barrotes y sacudió la jaula. Reculamos unos pasos sin dejar de mirar. La jaula amagó con desarmarse. El Gringo gritaba como loco.
—¡Que alguien lo haga callar!
El Cachilo lo picaba con el palo en la boca sacándole baba.
—¡Se convierte, se convierte!
Pero no se convirtió. Yo nunca más vi una sonrisa tan inmensa, franca y relajada como la de aquella noche en la cara del Gringo.
—¡Cómo pueden ser tan pendejos! —dijo, cagándosenos de risa—. Saquenmé…
Y se sentó a esperar.
Nadie le dio bola. Fefé le tiró la ropa, le pidió que se vistiera. El Gringo trató de convencernos. Intercalaba las súplicas con historias de encierro. Fuimos a escuchar. Dijo haber convencido a un guardia cárcel de que no torturase a un compañero. Le hizo ver que los seres humanos tenían un umbral de dolor, que pasado ese umbral era al pedo seguir torturando.
No fueron más de veinte minutos, las luces iluminaron la jaula: azul, rojo, azul, rojo.
—¡La camioneta de la cana! —gritaron Peluca y el Torito.
Dos policías y el padre del Julián venían corriendo.
—¡Ahí están! ¡Ahí están!

4

El Gringo terminó el secundario en la escuela técnica. Después rechazó la beca que le había conseguido uno de sus hermanos para estudiar en Estados Unidos. A los dos años lo citaron en Buenos Aires: la NASA quería desarrollar el proyecto energético de propulsión que el Gringo había presentado a concurso. Algo totalmente revolucionario, según el semanario local, que no siguió la noticia más allá de la primera semana. Y nunca supimos qué pasó con aquello.
A los tres años, más o menos, empecé a encontrarme con el Gringo. El padre le había regalado una cabaña hecha bosta en el monte, a unos dos kilómetros por el camino de tierra del barrio. La gente corrió un rumor de que el Gringo se juntaba ahí con los amigos a drogarse. Conocí la cabaña como su laboratorio científico y biblioteca. Comíamos los viernes los dos solos y hablábamos de cosas increíbles. Yo lo escuchaba y le hacía muchas preguntas. Un día me explicó su teoría sobre los fantasmas.
—La mayor parte de los casos son fraudes —dijo—, pero existen otros que interesaron durante siglos a la ciencia más conservadora.
Según él, las apariciones visuales y sonoras de los muertos se deben a una “grabación” natural. Por circunstancias físico-químicas poco comunes (yo no le entendía mucho las palabras, pero me gustaba escucharlo), los componentes de un entorno natural generan soportes electromagnéticos. Así, un evento —fragmento del tiempo, escena de nuestra vida— es grabado en ese soporte, ambiente, aire o como se llame. Luego, por otras —o quizá las mismas— circunstancias, tal evento es reproducido.
—Pensá en un cassette —hacía ver—, en el magnetismo de la cinta. El planeta posee magnetismo. Existe una aleación de níquel y titanio llamada Nitinol, tiene propiedades fabulosas: a temperatura ambiente es duro como el acero. Sumergido en agua se vuelve blando, al volverlo a poner en agua caliente salta con violencia y se vuelve duro con fuerzas de varias toneladas por centímetro cuadrado. O sea: con un mínimo de gradiente de temperatura, tiene grandes contracciones y dilataciones, y además no se deteriora con el tiempo.
—Un metal con memoria o algo así, ¿no? —dije, sorprendido de escucharme.
—Claro. ¿Por qué no van a combinarse distintos elementos del ambiente generando “cinta” capaz de grabar y reproducir? ¿Y qué si en realidad los eventos de la vida de cada uno de nosotros se graban constantemente y no pueden reproducirse sino por circunstancias anómalas desconocidas todavía?
Se puso de pie indicando que lo siguiera al sótano. Bajamos. Unos motores y cinco o seis computadoras se iluminaron. Había logrado “grabar” sombras chinescas con la linterna y me aseguró que era capaz de reproducirlas.
—Dejate de joder —le dije.
Pero ese día lo pasé ahí. Poco a poco, durante seis horas, las sombras se fueron reproduciendo en el espacio vacío entre los dos. Al principio no me sorprendió, después creí estar alucinando. Esas imágenes no se generaban desde un proyector. No había un lente por donde pasara luz. Ni cintas o diapositivas con las sombras. Nada. Sólo el ruido de las máquinas modificando la situación climática del sótano para favorecer las apariciones. Ni siquiera eran reproducidas en un soporte plano, sino en el aire. La temperatura estaba bajo cero, la transpiración nos chorreaba. Los pelos se erizaban.
El Gringo me agarró del brazo y juró matarme si llegaba a contarle a alguien. Lo dijo con ojos de loco.

5

Al fin había logrado seducir a Elisa. Ella, como todos los días, regaba las plantas con ese shorcito a cuadrillé rojo. Bajé de la moto, y cuando la saludé torpemente —un beso en la comisura de su boca— sentí el aliento a palitos de la selva y olorcito a recién bañada.
Al otro día ya nos apretábamos contra la pared del pasillo.
A veces me daba la espalda y frotaba el culito contra mi bragueta. La sombra proyectada por sus largas piernas ocupaba la totalidad del pasillo. La mía colgaba de la de ella como un deseo amorfo. Me acordé de las sombras del Gringo. Hacía mucho que no lo veía.
En los jueguitos del Tito Sánchez, el Gringo se puso loco apenas me vio. Con su mano apretando mi cuello me advirtió que la dejara en paz a la Elisa.
—Si no —dijo—, vos cobrás con la mafia del barrio.
El Alexis y el Pluma miraban de reojo desde el Gálaga.
—¿Que mafia, boludo? Somos amigos.
—La mafia del barrio, gil. Y no sos amigo nuestro, ¿tamo?
El empujón fue duro: pegué con la espalda en el Pac-Land.
Y los vi irse. Antes de cerrar la puerta, el Gringo miró arrepentido. Debe haberse acordado de que yo conocía su secreto.

Una tarde le ayudaba a Elisa a trasplantar los crisantemos. El Gringo apareció por la puerta del patio. Agrandado, haciendo chistes boludos, sacando pecho, fingiendo rapidez y seguridad. Le pellizcaba el culo a la Eli, y a cada rato arruinaba la conversación con alguna grosería. Preguntó dos o tres boludeces de aeromodelismo para mostrarse amistoso.
—No te hagás el culiáu —le dije—. No te hagás el buena onda, ahora.
—No, pero vos entendés todo mal. No me des bola cuando estoy con mis amigos. Son más pesados…
No le contesté, fui a preparar jugo. Volví quejoso por la mugre en los vasos. El Gringo se sentó al lado de la Elisa, le agarró las dos manos y le dijo:
—O nos besamos, o no te suelto.
Yo miraba con los tres vasos en la mano como un idiota, ansiando que ese momento se diluyera rápido. Le dije que no jodiera más. Volví a la cocina a dejar dos vasos. A los gritos pidió un cigarrillo. Como nadie tenía, le soltó a la Eli una de las manos, sacó la billetera y me mandó a comprar.
Fui porque hacía horas que no conseguía puchos, demoré: se le salió la cadena a la moto. Cuando volví, ella negociaba su libertad ofreciéndole un piquito. Él le dijo bueno. Y se lo dio, la hija de puta.
El Gringo se puso colorado —grandote hijo de mil putas—, pero no la soltó. Le dijo:
—O nos ponemos de novios, o no te suelto.
Le grité que la cortara.
—Vos andate —me dijo, con tranquilidad.
—Dejá a mi novia, Gringo. ¡Basta! En serio.
—¡Andate! —gritó clavándome los ojos de loco.
Entonces lo vi perfecto: fue ella quien le soltó las manos a él. Fue como si Elisa me hubiese revolcado largo rato en el piso y abierto las piernas en mi cara para mearme.
Descolgué la pala y le di al Gringo en el lomo. Se puso de pie como pudo, pero llegó a adquirir su enormidad. Y no tuve otra: le di en la cabeza y cayó.

6

Después de cuatro años fui hasta la cabaña del Gringo a devolverle unos libros que tenía desde el primario; y a ver qué había sido de él. Las últimas noticias lo describían como un marido golpeador. No los había vuelto a ver, ni a él ni a Elisa. Se habían mudado al norte de la ciudad y no salían. Alguien dijo una noche que el Gringo se pasaba el día en la cabaña.
En el camino los gorriones se refrescaban sumergiéndose en la tierra. Siesta agrietada, de cementerio. El lugar parecía abandonado. Me senté en el tronco caído. La puerta, abierta, era una boca amarga. Golpeé las manos. Nadie contestó. Entré. Los platos sucios y unos libros abiertos sobre la mesa parecían pequeñas personas muertas como si las hubieran masacrado. Caminando por el pasillo sentí la piel de gallina, entré al cuarto.
El Gringo lloraba tirado en la cama. Se dio vuelta despacio, como molido a palos, buscándome los ojos. Miró por encima de mis hombros.
—Me dejó —dijo—, está con otro tipo. Es por el tema de los hijos. Se buscó otro porque yo no puedo.
No supe qué decirle. Miré por la ventana. ¡Ay! El Gringo estaba ahorcado en el árbol del patio.

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2 comentarios

  1. Un excelente relato, Pablo.

    Un abrazo

    Magda

  2. Gracias por comentarme el blog!. ¿Sos el mismo de “cosas de mimbre”?.

    Y contestando a tu pregunta: no, no tengo libros publicados… ¡pero podés imprimir el blog!. Jajaja… chiste pelotudo.

    Un saludo.

    L.

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