Fuego

Pasó con el bidón bajo el marco de la puerta desparramando la nafta, empujandome.

—¡Guille! —dije para llamar su atención. Terminó de vaciar los bidones sin hablarme. Yo no visitaba su laboratorio desde el año en que su compañero lo abandonó misteriosamente.

Lo vi llorar, las lágrimas (mezcladas con la transpiración) le mojaba la barba.

—¿Qué haces, Guille? ¿Qué te pasa?

—Nacieron ayer —dijo perturbado, moviendo los dedos de las manos con ansiedad—, nunca creí que fuera posible.

Señaló unos frascos grandes de mayonesa Hellman destapados, flechados con luz ultravioleta. Me acerqué. Adentro, unos pequeños señores gorditos, con bigotes y pelos en el pecho, arañaban el gel asqueroso en el que estaban sumergidos, queriendo escapar.

—Andate —dijo el Guille, lanzando el fósforo.

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